Orlando Duque

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Orlando Duque al extremo

Orlando Duque
 
Llego a convertirse en el mejor clavadista del mundo gracias al fútbol: “Entrenaba en una cancha que quedaba atrás de las piscinas panamericanas en Cali, después de sudar y dar patadas, me gustaba pasar por la piscina para ver a los clavadistas. En una de esas visitas una de las entrenadoras me pregunto si quería aprender. Le dije que si”. En esa época, cuando tenia diez anos, el agua no era su mejor amiga: “no me gustaba bañarme. La piscina me encantaba y mi mama me llevaba casi todos los fines de semana, pero cuando empecé a entrenar clavados no estaba seguro de si sabia nadar o no. Podía flotar, pero no estaba seguro de si iba a lograr salir de la parte mas profunda de la piscina”. Nació un 11 de septiembre, Acaso su destino estaba ligado con las alturas y las caídas? Cuando era niño sufrió un accidente típico: se cayó de un árbol de mango. En sus noches de insomnio repite sus saltos una y otra vez en su pantalla mental, y suena constantemente con caídas desde árboles, techos, piedras o flota en el aire sin caer.
 
Arrebatado de las garras del deporte mas popular del mundo, Orlando, de 32 años, se convirtió en una cabra montes que se aburrió de saltar en las azules y cuadriculadas aguas de las piscinas, de acelerar de 0 a 100 kilómetros por hora en solo tres segundos, y decidió buscar los riscos mas escarpados del mundo: “Esto de los clavados extremos incluye todo lo que me gusta de los convencionales con la emoción extra de saltar en diferentes sitios. He corrido con suerte de haber tenido muy buenos resultados que me han llevado a medio mundo”.
 
Uno de esos sitios queda en Hawai, donde vive actualmente. Se trata de un acantilado sagrado en el que ha ganado alguno de sus incontables títulos y en el que, en el siglo XVIII, el Rey Kahekili se lanzaba al vacío junto con sus guerreros para probar su valentía y lealtad: “Allí, para lograr efectuar la copa mundial de saltos de altura en el 2000, nos involucramos con la gente que entendía y sabia la historia del lugar y nos explicaron la forma mas correcta de hacerlo sin irrespetar a sus antepasados. La idea es disfrutar y recordar a un rey muy querido que tenia una pasión por los clavados”.
 
Para que Orlando Duque se estableciera en Hawai tuvieron que pasar demasiadas cosas. Practico clavados olímpicos por diez anos en Colombia y estuvo a punto de ir a las olimpiadas de Barcelona en 1992: “A mi y a otro clavadista colombiano, Cesar Suárez, nos dieron un puntaje que supuestamente debíamos superar para poder participar en los juegos olímpicos. Cesar y yo lo logramos y quedamos muy emocionados pensando que íbamos para España. Después de un tiempo nos dieron la noticia que el comité olímpico no tenia ni una casilla para clavadistas. Me imagino que nos dijeron ese puntaje con la esperanza de que no lo lográramos, pero si pudimos”. Luego de ese desplante se canso de la monotonía de saltar siempre en una piscina. La solución se la dio un amigo Mario Ovale que había ido a trabajar a un parque de atracciones a 
Austria, el Safaripark Ganserndorf, en Viena, y lo invito. Firmo un contrato por tres anos, se vestía de payaso y saltaba desde una grúa de 25 metros de altura a una piscina llena de fuego, de siete metros de diámetro y tres de profundidad: “Desde esa altura la piscina se veía como un cenicero”. Luego un parque en Hawai lo invito a hacer saltos y sucumbió al baile cadencioso de una bailarina con mini falda de paja, Lee Ann. Llevan siete anos de casados y tienen una casa a cien metros de la playa en un pequeño pueblo, Laie, a cuarenta minutos de la parte mas espectacular de la isla: Honolulu. Viven con sus suegros y poseen una huerta con bananos, cocos, papayas, pan de árbol y limones.
 
Duque ha sido nueve veces campeón en el circuito mundial de clavados extremos, impulsados en gran medida por red bull, que tiene varias estaciones pasando por Hawai, pasando por Italia y Mónaco, hasta Australia. En el 2006 el salto del primer campeonato mundial que gano entro en los libros de los Records Guinness: fue en el 2000 en el Red Bull Cliff Diving World Champion, en el que los siete jueces le dieron la máxima calificación: diez sobre diez. También ha saltado en Bosnia, Monte-negro- donde se quejo de su comida grasosa-, hace un ano que termino un curso de paracaidismo en España, “le tenia mucho miedo a saltar desde un avión, ya no”. Mónaco y su príncipe le hablan de tu a tu y viajo 40 horas de barco hasta Malpelo para hacer un solo salto, porque el equipo del barco le pidió que se limitara a explorar la isla para volver luego: “Los tres días siguientes me tuve que aguantar las ganas”. Pero en definitiva su viaje mas largo fue desde Honolulu hasta Atlanta, y no precisamente por la distancia si no porque en el avión, cada treinta minutos, tenia que cambiar de nalga para aguantar el dolor de una fractura en el cóccix ocurrida en el 2002 en una competencia en Hawai: “Pase dos meses en los que solo me podía sentar de lado. Pero no deje de saltar, empecé a aumentar la altura y al cabo de cuatro semanas ya estaba en 22 metros. A parte de ese accidente, en 1992 me partí una muñeca en Cali, y en el 2003 durante un entrenamiento tuve una concusión cerebral, termine en la sala de urgencias del hospital y perdí la memoria de casi doce horas antes del incidente”. Sin embargo, en su salto mas alto, de 34 metros, realizado para la película 9 Dives, dirigida por su amigo Mario Krauzer, no le ocurrió absolutamente nada: “todavía puedo llegar hasta los cuarenta metros, pero es mas alto el riesgo de lesionarse”.
 
Con Krauzer termino a principios del 2006 un documental sobre el Tsunami del 2004. Recorrieron Tailandia, visitaron las organizaciones de voluntarios que están trabajando en la región, fueron a talleres donde construyen botes y muebles para reponer las perdidas, y a un orfanato en donde hacen una terapia en la que los niños nadaron y jugaron con el equipo para ayudarlos a superar el temor que les quedo después de la tragedia. Orlando quiere realizar ahora algo que tenga que ver con historias  y leyendas de Colombia y otros países latinoamericanos: “Tenemos sitios para saltar y para mostrar los tesoros naturales que poseemos en la región”.
Orlando entrena cinco o seis veces por semana, salta setenta veces sobre una cama elástica, cincuenta sobre una piscina, pasa dos o tres horas diarias en el agua, bebe tres latas de Red Bull tres veces al día- La bebida que lo patrocina-, de vez en cuando las acompaña con Vodka, lee- ahora esta leyendo The Namesake, de Jhumpa Lahiri, y si libro favorito es Ensayo sobre la ceguera, de Jose Saramago-, corre en la manana, trabaja el tronco, en la tarde monta bicicleta, hace trabajo de fuerza general, y tres veces a la semana va a la piscina a efectuar el entrenamiento especifico de clavados. En noviembre del 2006 compitió en Acapulco en donde obtuvo el primer lugar y en diciembre fue a Italia en donde salto desde el puente sobre el río Tevere, en Roma no sin antes ver a U2 y Pearl Jam en el concierto que dieron en Honolulu el pasado 9 de diciembre del 2006. “Hace seis anos saltaba con Elevation de música de fondo”. Sin embargo dice que mientras cae no escucha nada. “Puede sonar cualquier canción que igual no escucho nada. El día en que voy a competir no puedo comer nada. Tengo que esforzarme para desayunar y tener energía. Quince minutos antes el corazón me late mas rápido de lo normal, un minuto antes me concentro totalmente en los pasos que debo seguir en el orden adecuado para evitar algún accidente, cuando me encuentro en la plataforma me olvido en lo que esta alrededor, solo me concentro en el impulso para dar el salto, y en el aire son mas o menos dos o tres segundos que se sienten como una eternidad, a medida que se gana la velocidad se percibe el viento en la cara, lo único que se escucha es un zumbido en los oídos. Resulta impresionante como funciona el cerebro de rápido, porque puedo procesar mucha información, tanta que puedo pensar en abrir los ojos- porque todo el tiempo los llevo cerrados, como enseña la escuela clásica de clavados- antes de la ultima maniobra para ver donde voy a caer y a calcular cuanto tiempo tengo antes de entrar en el agua, los cierro otra vez, entro en el agua a cien kilómetros por hora y cuando salgo me tiemblan las manos y no puedo quitarme la sonrisa de la cara”